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NOTICIAS
19/11/2012

Recordando a un AMIGO

A siete años del fallecimiento de Marcos Curzon.  Él nos regaló su sueño, su vocación y su trabajo para tener lo que es hoy un orgullo para el ishuv: el Museo Judeo Santafesino que bien debiera llevar su nombre en homenaje a quien lo ideó, lo creó, le dio forma y contenido. A siete años del fallecimiento de Marcos Curzon. Él nos regaló su sueño, su vocación y su trabajo para tener lo que es hoy un orgullo para el ishuv: el Museo Judeo Santafesino que bien debiera llevar su nombre en homenaje a quien lo ideó, lo creó, le dio forma y contenido.











Volvíamos
de nuestro primer viaje a Israel.


Seis
semanas maravillosas habían permitido cumplir dos sueños: conocer la tierra
prometida y volver a vivir en familia después de casi cinco años.


Al
cansancio del viaje se sumaba la incertidumbre si habría un nuevo encuentro y
cuando sería.


Luego
de los siempre tediosos trámites en Ezeiza, llamamos a nuestras hijas para
contarles que habíamos llegado bien y que ya las extrañábamos una barbaridad.


El
segundo llamado fue para él: “- Che, no se te puede dejar solo!!!”, le dije


-“Eduardito!!!,
me contestó, viste que lío que armé.  Pero
ya me autorizaron a viajar a Santa Fe y seguir el tratamiento allá.  Así que tomamos el cafecito y charlamos de
tu viaje.”


Su
tono de voz presagiaba despedidas.  Era
el mismo que no mucho tiempo antes escuchaba en otro amigo.  Alguien cuya amistad superó largamente el
protocolo del parentesco.


Ya
no nos volvimos a ver.  El café “quedó
intacto y frío de espera” decía una canción de los ’60.


Conocía
a Peluso desde que nuestras hijas Dina y Nadia iban juntas al jardín de la
Bialik.  Era ese conocimiento afectuoso
pero distante originado simplemente en el vínculo en común, pero que se fue
profundizando a medida que crecía la relación entre las niñas.


La
amistad nació el domingo siguiente a un día de semana en el que pasó por mi
casa a preguntarme o comentarme algo sobre el bat o el viaje de séptimo.  No viene al caso el motivo.  Era la hora del almuerzo y charlamos de
parados porque él quería también llegar a la casa.


Cuando
lo hizo le dijo a Chiquita: “Tengo que invitarlo a comer un asado a este pibe.
¡Lo tienen a verdurita en la casa!”


Fue
el comienzo.  Yo ya estaba en la vida
dirigencial y era un gusto charlar con él sobre los temas comunitarios.


Era
fines del 2002 cuando había que renovar la conducción de la filial local de
la DAIA.  Las circunstancias que
rodearon mi postulación para la presidencia no viene al caso comentarlas
ahora, pero el hecho era que yo tenía que sumarme, sólo, a un grupo ya armado,
que tenía otro candidato para el cargo. 
Era imposible que funcione.


Se
lo hice saber al que me hizo la propuesta y, con tal que aceptara, me dijo: “Elegí
alguien de tu confianza y yo me encargo que sea aceptado”.


No
recuerdo si alguna vez Peluso me haya dicho de sus ganas de vivir la
experiencia del dirigente.  Pero cuando
le conté la propuesta recibida con el agregado de pedirle que sea él quien me
acompañara, me pareció que se estaba produciendo algo que hacía mucho
esperaba.


En
el grupo estaba Marcelo Vorobiof, quien también, casualmente, tenía a su hija
Cecilia en el mismo grado.  Con él
conformaríamos el ejecutivo.


Las
primeras reuniones tuvieron la lógica frialdad de quienes empiezan a
conocerse sabiendo que había un camino largo por recorrer y una
responsabilidad muy seria de la que hacerse cargo.


Pero
la magia fluyó enseguida.  Poco
tardamos en encontrar nuestros pensamientos en común.  Y fue empezar a soñar, trabajar y concretar.  Iniciativa, consenso y trabajo fue nuestro
lema no escrito.


El
darnos cuenta que el único límite al que nos enfrentábamos era nuestra propia
capacidad de hacer, nos incentivaba y realimentaba.  Esperábamos nuestro café del mediodía del
viernes como si fuesen sopa caliente en días de invierno.


Fue
sin dudas, el mejor equipo de trabajo del que me tocó participar.  Es más, fue el que me enseñó los beneficios
del trabajo en equipo.  En él, creo, crecimos
todos.  Cada uno recibía de los otros y
se esforzaba por devolver tanta confianza y respeto. Era un placer cada vez
que estábamos juntos.


En
el café de la despedida por mi viaje, Peluso me dijo, preocupado, que por fin
había decidido hacerse su análisis de PSA y que no le había gustado su
resultado.


“-
Vos no jodas, y hacete uno a la vuelta”, me recomendó muy profesionalmente.


En
Israel me llegaron noticias de su internación, la sorpresa de todos, su viaje
a Buenos Aires.


Todo
fue distinto sin su compañía, sus ganas y su empuje.


Hoy
se cumplen siete años de su muerte.  En
estos tiempos en que parece estar prohibido ser cálido, quiero apartarme de
ese molde y contarte que te extraño mucho, QUERIDO AMIGO.


Eduardo Duschkin


Kfar Saba, Israel





 

¿Consideras que conoces las tradiciones del pueblo judío?
 Si conozco mucho
 Si
 un poco
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16/09/2012

1ro de Tishrei

Iamim Noraim
    
    

Comunidad Israelita de Santa Fe | 4 de Enero 2539 (3000) - Santa Fe, Argentina